El 5 de febrero del año 63 de nuestra Era, violentas sacudidas sísmicas ondulatorias conmovieron una zona del territorio situado inmediatamente al sur de Nápoles. En las ciudades de Herculano y Pompeya se derrumbaron casas, templos , teatros, columnas y torres, produciendo bastantes victimas.

Asustados por el terremoto, bastantes propietarios de villas y muchos ciudadanos de Pompeya y Herculano abandonaron la región, pero transcurrido corto tiempo regresaron los que habían huido, se repararon los daños en calles y edificios, reconstruyéndose las ciudades. Paulatinamente se olvidó lo ocurrido y nadie pensó que el Vesubio tuviese ninguna relación con lo sucedido.

Hasta entonces el Vesubio, montaña preferida de Baco, no se había caracterizado por ningún hecho extraordinario durante siglos. Se destacaba su mole con tranquilidad majestuosa. Y como en el sur de Italia eran frecuentes los temblores de tierra, no se realizó investigación alguna ni volvió a pensarse más en aquel terremoto, que se había desencadenado como primer ensayo de irrupción de las fuerzas subterráneas. 

Por eso nadie sospechaba nada funesto el 24 de agosto del año 79 d. C.

El día amaneció como cualquier otro de verano: caluroso, claro y sin viento. El sol de agosto lucía sobre los viñedos y las villas, los macizos floridos de los jardines con sus fuentes de mármol, sobre los templos y calles de la encantadora ciudad en la bahía de Nápoles. Pompeya "tomaba" el sol tranquilamente en medio de sus argénteos olivares y sus copudos pinos obscuros. Nadie miraba con temor, ni sospechas, al Vesubio, que se alzaba a unos ocho kilómetros de la ciudad, con su cráter taponado por grandes rocas y sus flancos revestidos de viñedos cuajados de uvas.

Mientras, la sombra que proyecta el reloj de sol se aproximaba a la hora fatal: la una de la tarde. En aquellos momentos los panaderos cocían sus panes; los tenderos cerraban sus persianas de madera para almorzar, según la costumbre romana; en el templo de Augusto sudaban los esclavos, que levantaban la estatua del nuevo emperador Tito; un parroquiano de una taberna ponía su dinero sobre el mostrador y los chiquillos de las escuelas pintarrajeaban con tiza sobre las paredes; el inteligente Publius Paquius Proculus estudiaba tranquilamente en un libro de pergaminos, y unas mozas regresaban de la fuente con sus cántaros altos y angostos en los hombros...

Y, de repente, un violento temblor de tierra sacudió la ciudad entera. La cima del Vesubio parecía haberse partido, escupir fuego, y luego todo desapareció. El cielo se obscureció de pronto con una amenazadora nube piroclástica de color negro. Con la lluvia que empezó a caer, iban mezcladas pequeñas piedras, cenizas y grandes rocas.

Aquello era incomprensible. Bramando y vomitando llamas, cenizas piedras, el Vesubio lanzaba hacia el cielo una nube extraña y pavorosa que hacía caer a los pájaros. Las personas   que se encontraban al aire libre se precipitaron en busca de un refugio. ¡Ya era demasiado tarde! La catástrofe de desencadenó de golpe sobre ricos y pobres, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, seres humanos y animales. 

Al iniciarse los primeros temblores de tierra, varios miles de personas huyeron inmediatamente. Eran las gentes prudentes de la ciudad, que continuaron huyendo el resto de la tarde y de la noche. Sólo así pudieron salir del círculo de muerte de que el volcán se iba rodeando, Huir, huir o morir. Tal era la alternativa. Quien tenía un caballo o una mula lo montaba y salía veloz... Cenizas húmedas se pegaban a manos y pies, y quien tropezaba y caía, moría asfixiado por los vapores letales sulfurosos. Los animales escapados de las cuadras y de los establos, corrían alocados entre la multitud de fugitivos.

Muchos no se dieron prisa, por razones diversas, y de ellos dan testimonio los cadáveres hallados.Bastantes personas se encontraban sentadas piadosamente en un banquete funerario. Una joven quedó envuelta entre los escombros de su casa al derrumbarse, mientras apretaba entre sus manos, un espejo de bronce y un precioso imperdible de oro. Algunos trataron de enterrar sus objetos de valor antes de huir, y quedaron enterrados también. En la calle hallóse a un hombre tendido en el suelo que aún apretaba en la mano un puñado de monedas de oro (quizás un salteador).Otros perdieron un tiempo precioso para escapar cargando carretas con sus haberes  a fin de salvarlos, y otros cerraron las puertas para impedir la entrada del creciente montón flotante de cenizas volcánicas, y luego no pudieron abrirlas.

Entretanto, las fuentes con los alimentos para la comida del mediodía permanecieron intactas. El cochinillo asado al fuego lento no mereció la atención de nadie. Las ganancias en el juego de los dados no fueron recogidas, ni la tabernera jamás recogió el dinero que un cliente dejó sobre el mostrador después de echar un trago. Tampoco el panadero se acordó de sacar del horno sus ochenta y un pares, que se quemaron hasta carbonizarse (aún se conserva en el museo de Nápoles). Desde la primera sacudida del Vesubio toda actividad normal cesó para siempre en Pompeya y Herculano. Unos niños que jugaban en un jardín y que intentaron salvarse refugiándose bajo una marquesina, resultaron muertos al desplomarse ésta...

Ningún dios prestó ayuda. En el templo de Isis murieron las sacerdotes que intentaron salvar las monedas de oro y los objetos del culto. Al venirse abajo las columnas del templo de Júpiter, aplastaron a los devotos que allí se encontraban.

Con excepción de unas pocas "señales mudas" como las citadas, la mayor parte de lo que se sabe de las últimas horas de Pompeya y Herculano se halla en el relato de Gayo Plinio, llamado en la Historia Plinio el Joven. Éste era, a la sazón, un mozo de dieciocho años y vivía en Misena, al otro lado de la bahía de Nápoles, con su madre y su tío Plinio el Viejo, famoso naturalista y almirante de la armada romana.

Como secretario de su tío, Plinio el Joven suministró a las autoridades la mejor relación que hoy se conoce del desastre. Según él, poco antes del medio día, mientras su tío el almirante estaba ocupado en estudios científicos, en su casa, situada en el puerto militar de Misena o Miseum, fue llamado para contemplar una enigmática y gigantesca nube, que en la lejanía se elevaba sobre el Vesubio en forma de copa de pino. Indeciso se hallaba Plinio cuando llegó un mensajero demandando auxilio de parte de Rectina, la esposa de Tascus, que vivía al pie de la montaña. El almirante ordenó inmediatamente una gran acción de salvamento, y que se hicieran a la mar varios barcos de guerra cuatrirremes, rumbo hacia el Vesubio.

Atravesando una lluvia de lava, ceniza, rocalla y piedras pómez, la escuadra llegó a Stabies, puerto cercano a Pompeya, al otro lado del golfo de Nápoles, donde vivía un amigo de Plinio, de nombre Pomponianus. Las grandes olas levantadas por el maremoto junto con el temblor de tierra impidieron el regreso de las naves.

Mientras el mar alborotado lanzaba peces muertos a la orilla, se deslizaba un torrente de lava que todo lo aniquilaba, sobre la hermosa ciudad de Herculano. Al llegar la lava a la población, lugar de villas y edificios suntuosos, se desparramó por sus calles y avenidas, creció pronto en altura reforzada por las nuevas oleadas de material fundido y pronto alcanzó las azoteas, altares y estatuas, destruyéndolo todo o enterrándolo bajo una capa de quince metros de altura. Hasta la costa fluyó la lava, penetrando doscientos metros en el agua del mar.

Los habitantes de Herculano, en número de cinco mil, intentaron salvarse del cataclismo. La huida en masa de toda la población, llena de pánico, se vio recompensada; muchos pudieron salvar sus vidas. Sólo los más remisos a abandonar la ciudad y algunos desgraciados enfermos o impedidos, que no pudieron salir a tiempo, fueron victimas del azote.

En Pompeya, más distanciada del volcán que Herculano, se percibieron primeramente las sacudidas sísmicas, acompañadas a poco de la obscuridad y lluvia de cenizas, a las que siguieron pronto blancas y ardientes piedras pómez, mezcladas con grandes fragmentos pétreos que caían ininterrumpidamente, y cubrieron las vías hasta altura considerable, derrumbando con su peso las techumbres. Al mismo tiempo aparecieron bocanadas de espesos vapores sulfurosos letales, asfixiando a todos los que permanecían al descubierto desafiando la lluvia de cenizas y piedras.

Muchos lograron salvarse. Otros no acertaron a separarse rápidamente de sus bienes queridos y junto a ellos hallaron la muerte. Así le ocurrió, por ejemplo, a Publius Cornelius Tegete, rico comerciante aficionado al arte, y a cuatro damas de la nobleza en casa de los Pansa, las cuales perecieron asfixiadas en la propia habitación donde habían llevado sus joyas de oro y monedas de plata.

Con grandes truenos la tierra tembló toda la noche, mientras el volcán vomitaba llamas, cenizas y piedras. Por la mañana, en Misena, el joven Plinio y su madre se unieron a la multitud que huía aterrada de las vacilantes murallas. A pesar de que eran más de la siete, la oscuridad aumentaba de continuo. La madre, agotada, pidió a Plinio que la dejara y se salvara; pero él continuó casi arrastrándola en la semioscuridad entre la lluvia de cenizas. "Nos envolvía una obscuridad --cuenta Plinio-- como la de un cuarto completamente cerrado."

A medida que la ola de muerte avanzaba sobre Pompeya, las multitudes aterrorizadas corrían a las puertas de la ciudad. Todas eran angostas, y en todas dificultaban especialmente el tránsito las carretas en las cuales muchos moradores, insensatos, se empeñaban en salvar sus riquezas o sus bártulos.

En la playa de Stabies, Plinio el Viejo aspiró los gases letales (probablemente vapores sulfurosos) que despedía el Vesubio y cayó muerto. Por todas partes las madres se arrojaban sobre sus hijos, tratando, en vano, de impedir que se asfixiaran. Una dama se cubrió el rostro con un chal y tendióse en el suelo para morir dignamente. Por otra parte, un perro encadenado se retorcía, sacando los dientes en la angustia de la sofocación.No obstante, la agonía debió durar escasos segundos.

Las cenizas mezcladas con las lluvias, formaban argamasa que cubría los cadáveres y que, endurecida luego, los conservó intactos durante muchos siglos.

Los estragos ocasionados fueron visibles al tercer día, cuando los primeros y pálidos rayos solares comenzaron a rasgar la masa interpuestas en nubes negras. Después de veintiocho horas de erupción, el Vesubio se calmó, dejando a Pompeya sepultada bajo una capa de cenizas y "lapilli" de seis metros de espesor. Herculano, según ya se dijo, yacía oculta en una capa de lava de quince metros de altura, que paulatinamente se endureció, adquiriendo la consistencia de la piedra. 

La fúnebre cubierta enterró Pompeya, Herculano, Oplontis, Taurania, Tora, Sora, Cossa, Leucopetra, y numerosas casas de campo y villas aisladas. Hasta en Egipto y Siria cayeron del cielo cenizas.

Cuando, finalmente, volvió a brillar el sol sobre el Vesubio, unas dos mil personas en Pompeya y centenares en Herculano y Stabies, no vivían para verlo. Los que encontraron el cadáver de Plinio el Viejo , vieron que en sus facciones no se reflejaba el pánico. El celebre sabio daba la impresión de estar durmiendo.

Lentamente se fue formando sobre las ciudades sepultadas una capa de terreno firme y fructífera, en la que desarrollaron plantas y, sobre todo, sarmientos. Se sucedieron las generaciones. Sobre la roca firme de Herculano desaparecido se edificó una aldea, y sobre la espesa capa de tierra vegetal que cubría Pompeya, se establecieron algunos viñadores.

Las dos ciudades cayeron tanto en el olvido, que pocos siglos después de la catástrofe nadie podía decir con exactitud dónde habían estado situadas.En la Edad Media, se consideraba al Vesubio como "la Puerta del Infierno", como un lugar maldito, de enormes peligros para el cuerpo y el alma.

Al hecho de haber quedado sepultada se debe que el recuerdo de una Pompeya refinada y en su apogeo se haya conservado hasta nuestros días. Todas las demás ciudades de la Antigüedad sufrieron el proceso fatal de la corrupción y la decadencia. Pompeya no murió de esta manera: fue asesinada de repente en la cumbre de su prosperidad y belleza. En el lapso de pocas horas pasó de la vida más intensa a la muerte y sepultura, inmediatas y totales. Y así permaneció enterrada muchos siglos, esperando que la ciencia levantara su mortaja de cenizas.

En un lugar despoblado de las cercanías del río Sarno existía un gran montón de cenizas llamado la Civitá , esto es, "la Ciudad"; pero ya nadie preguntaba a qué ciudad se refería el nombre. En 1594, cuando se abrió a través de la colina de cenizas un túnel para llevar agua al río Sarno, los obreros encontraron dos lápidas antiguas; mas como tales restos de la civilización romana son tan comunes en Italia, no les prestaron la menor atención.

Años más tarde el general D´Elboeuf realizó algunas excavaciones, pero las posibilidades arqueológicas no se  sospecharon hasta 1739, cuando Carlos de Borbón, rey de las Dos Sicilias, a instancias de su esposa María Amalia Cristina, gran aficionada al arte, encargó al ingeniero español Roque Joaquín de Alcubierre que realizara investigaciones en el túnel.En 1740 el caballero Alcubierre, con una cuadrilla de veinticuatro trabajadores y la pólvora por instrumento principal, emprendió una serie de "excavaciones", por llamarlas de algún modo, brutales. Con la buena suerte del principiante abrió su primer pozo en el llamado Theatrum Herculanense, construido por un tal Rufus por sus propios medios. Así empezó a descubrirse toda una ciudad sepultada: Herculano.

Pasaron unos cuantos meses hasta que se llegó a Pompeya. El ingeniero Alcubierre, aún encargado de las excavaciones realizó los trabajos arqueológicos en primeros de abril de 1748. Unos días después se descubrió un barrio comercial de Pompeya Allí vieron pinturas murales con sus colores milagrosamente conservados, y el primero de los cadáveres que se hallaron en todas las excavaciones (el salteador que aún apretaba en la mano las monedas de oro).

Los asombrosos hallazgos se fueron sucediendo y los trabajadores continuaron cavando afanosamente, pero sin orden ni guía. El español Alcubierre se complacía en los objetos que encontraba, por cuanto irían a enriquecer la colección del rey de Nápoles; pero lo cierto es que en lo que más se interesaba era en las aplicaciones técnicas de la pólvora. Los procedimientos sistemáticos y concienzudos de la arqueología moderna eran aún  desconocidos.

En 1763 fue a Pompeya J. J. Winckelmann, alemán nacido en 1717, hijo de un zapatero remendón.Tenía pasión por las antigüedades  pero Pompeya estaba entonces en manos de pedantes que se empeñaban más en guardar secretos que en revelarlos. Aunque fue nombrado Inspector-Jefe de todas las antigüedades de Roma y sus alrededores, se le prohibió ir a las ruinas de Pompeya y Herculano, por lo que siempre era seguido por un espía a fin de impedir que hiciera ningún croquis ni tomara medida alguna. A pesar de ello, Winckelmann logró familiarizarse perfectamente con toda la colección de objetos hallados hasta entonces. Despistando al espía, sobornó al capataz de Pompeya; y lo que allí vio, o mejor dicho, lo que su genio reconstruyó, fue el verdadero comienzo de la arqueología, es decir, la investigación científica del Mundo antiguo.

Poco antes de que lo asesinaran en 1768 un ladrón italiano en un hotel de Trieste, Winckelmann convirtió una mezcolanza de antigüedades dispersas en un relato escrito ordenado de los seis siglos de vida y arte de las ciudades desaparecidas. Su obra fue uno de los grandes "comienzos" que se registran en la historia de la civilización. Sus "Epístolas" sobre el descubrimiento de Herculano, sus "Monumenti antichi inediti" y su monumental obra "Historia de Arte en la Antigüedad  son las tres obras de Winckelmann que han conducido a la creación de la moderna y científica investigación arqueológica.

En realidad, puede afirmarse que Winckelmann estableció los inicios en los métodos que se han observado en todas las excavaciones importantes posteriores: las de Troya, Micenas, Creta, Nínive, Babilonia, Egipto, Yucatán....

Pero en aquel entonces nadie le hizo caso en Pompeya. Y prosiguió la busca descuidada de objetos valiosos y sensacionales hasta convertir la ciudad en un recinto vacío y de aspecto devastado. Afortunadamente, cambiaría con el tiempo.

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Comentario por Juan Antonio Cerpa Niño el septiembre 6, 2014 a las 8:38pm

Gracias P Miguel, por tus comentarios. 

Un afectuoso saludo y bienvenido.

Juan A. Cerpa Niño

Comentario por P Miguel Carrero Martínez el septiembre 6, 2014 a las 7:54pm

Excelente artículo,fascinante y conmovedor... Gracias por dejarnos leer y conocer sobre temas tan interesantes

Comentario por Adrián Carretón el abril 20, 2013 a las 3:51pm

Muy completo artículo Juan Antonio.

Con respecto a las figuras de forma humana decir que se trata de moldes de personas que perecieron en el evento.

En el año 1860 Giuseppe Fiorelli  tomó las riendas de las excavaciones en Pompeya y pronto se percató de que bajo la piedra pomez había unas figuras extrañas que no sabía deir qué era. Lo que hizo fue llenar los agujeros de yeso y cuando secó y desenterró alrededor su sorpresa fue mayúscula al encontrar una figura de un cuerpo humano.

De ese modo, repitió la misma fórmula para los cuerpos hechos cenizas que iban saliendo y consiguió una colección de cuerpos de todo tipo que se pueden ver en la propia ciudad hoy en día. El que más me llamó la atención fue la figura de yeso de un perro estremeciéndose, que aparece en una de las fotos del artículo, probablemente por la asfixia que le llevó a la muerte.

Gracias por compartir este artículo con todos.

 

Comentario por Aníbal Clemente Cristóbal el abril 14, 2013 a las 5:17pm

Excelente artículo Juan Antonio!.

Tenía ganas de volver a leer algo sobre la historia de Pompeya y Herculano.

Gracias por compartirlo compañero!

Comentario por Juan Antonio Cerpa Niño el abril 14, 2013 a las 1:20pm

Pues si, efectivamente, la quinta y novena fotografía, pertenecen a Herculano. Sobre ella, se edificó en principio una aldea que se ha convertido, con el tiempo, en una pequeña ciudad.

Gracias por tus comentarios.

Un saludo. 

Comentario por Rosario Cáceres el abril 14, 2013 a las 5:14am

Me pregunto que sentirán esas personas que viven al lado,en la quinta foto se ven casas habitadas,sino me equivoco.

Comentario por Rosario Cáceres el abril 14, 2013 a las 5:08am

Lo mismo digo "impresionante",uno de los tantos lugares que desearía conocer! Saludos y gracias.

Comentario por Juan Antonio Cerpa Niño el abril 12, 2013 a las 5:53pm

Hola Sonia:

Gracias por tus comentarios, son siempre halagadores. 

Las fotos de los cadáveres que aparecen en el artículo, son originales en su totalidad. La del cadáver que conserva los anillos de oro, pertenecen a los últimos cuerpos recuperados en Herculano hace unos años.

Un saludo afectuoso.

Comentario por SONIA BARJA el abril 12, 2013 a las 2:52pm

Impresionante..

una pregunta las imágenes de las figuras,no la de los exqueletos,sino la de cuerpos enteros esparcidos en el suelo son reales ó sólo una representación actual ..?

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